Lo monstruoso es lo que no tiene nombre. Es una región donde al encontrarnos perdidos nuestra imaginación inevitablemente se libera y busca asideros que nos queman siempre las manos. El rey de copas en el tarot de Marsella por ejemplo.
Lo monstruoso es parte de él. Observémoslo: la mano derecha sostiene su atributo apoyándolo sobre la rodilla, y el espacio comprendido entre este signo de familia y su tórax es monstruoso. Es imposible reconocer ahí el brazo que era de esperar, pues su mano, parece más bien salir de la parte inferior de una extensión absurda que llega hasta la boca de la copa, lugar donde tras cambiar de color fluye hacia la orejera de una corona que, además de ser el segundo símbolo fundamental de la carta, es también monstruoso.
Dejemos por ahora pendiente la corona. La copa, firme, definida, contrasta con esa extensión donde los pliegues orgánicos desatan la imaginación en lo indefinido. No es como un campo de nubes donde el juego es plácido. En lo informe y monstruoso una ansiedad enfermiza conduce nuestra imaginación hacia ningún lado, y en este movimiento que es absurdo (es monstruoso a su vez por tanto) la imaginación se dispersa ocupando ese espacio, siendo así mismo monstruosa dentro de nosotros.
¿Desviábamos la vista de esta región, o es que en realidad no teníamos noción de ella?, lo cierto es que ahora no podemos volver a aquella placidez, porque aunque no entendamos sabemos que hay algo ahí que altera al resto, y así, todo sentido estará determinado por ese hueco que decidimos no mirar.
Levantamos la vista y vemos por la ventana una mujer que sostiene un paraguas cerrado apuntando al cielo, pensamos: ahí está Valet.D’Epée. En cualquier lado encontramos reflejos, dormimos y despertamos como una puerta oscilando hacia adentro y afuera por el viento que precede a la calma lluviosa. Ya viene, ya cae, está empezando a llover.
Carlos VI recibió por su locura un mazo de cartas parecido a éste. A causa de achaques de lo que hoy llamamos trastorno bipolar recorría el palacio aullando, hechizado por el dolor de una conciencia monstruosa que no podía escapar de sí misma. En él no encontró la calma. No supo conducir su reinado, sus acuerdos diplomáticos para concluir la guerra con Inglaterra fueron malos, totalmente equivocados, la guerra continuó después de su muerte, la Guerra de los Cien Años.
Nos imaginamos cómo en su entorno se buscaba el modo de apartar al rey de sus funciones para que otro se hiciera cargo, y entendemos que cuando Gringonneur recibió el encargo de construir este juguete debió ser consciente de lo que había que hacer: se trataba de encontrar un espejo para el rey. Es por eso que las cartas reflejan los estamentos del xiv, las diferentes jerarquías de la nobleza, y que en lo que hoy llamamos arcanos mayores (y que en sus láminas no estaban ni diferenciados ni numerados siquiera) hay referencias al universo simbólico de la época que el espíritu enfermo del monarca alteraba.
Seguramente ese no fue el primer mazo de fichas, es fácil que las teorías que ponen su origen en la necesidad de ilustrar la educación de los jóvenes aristócratas tengan casi toda la razón, no obstante, ésta debió de ser una de las primeras veces que se utilizó el juego para comunicarse con otras regiones del alma, quizá la primera vez que alguien reprodujo las cartas con esta intención.
De su autor sabemos muy poco. El nombre de Yacquemin Gringonneur se conoce tan solo por el libro de cuentas en el que figura el cobro que recibió por la entrega de tres juegos que él ilustró. Y ciertamente quizá no merezca tanta importancia este hombre. Si la teoría anterior es acertada entonces que haya pasado de forma muy modesta a la historia tiene más que ver con el empeño por encontrar un misticismo originario para el Tarot que con otra cosa. Reconozcámosle el mérito de haber tenido el valor de querer adentrarse en lo monstruoso del alma de Carlos el Loco, con eso basta; ahora volvamos a las imágenes.
Quien no sepa qué es el Tarot que acuda sin miedo a él: no se puede temer al Tarot, igual que no se puede temer al miedo. Se puede temer a un león por ejemplo, pensar que uno puede ser devorado por él, pero acudir verdaderamente al Tarot es estar ya en él, es entrega. Cuando Capellán hablaba en las plazas de la ciudad de Gijón del Tarot, y decía esas palabras sobre el miedo debemos entender que lo hacía como un exorcismo: reconciliémonos con el monstruo. Capellán era el rey de copas.
Si observamos el gesto del rey, descubriremos que en él tampoco hay nada estático. Si en la región de lo monstruoso el estatismo era solo la apariencia producida por un movimiento sin sentido, ahora, aunque la mirada del personaje parezca distraída de la escena que está representando, al mismo tiempo su mano izquierda retira los pliegues del faldón para mostrarnos algo. No está quieto por tanto, sino a la espera. Su actitud se dirige a quien está fuera, a nosotros. Pero ¿qué muestra?
Vemos que sus piernas realizan un baile tonto. Está sentado, pero el suelo que pisa se aboca hacia un punto de fuga que es camino recorrido. El rey está sentado y mira hacia allí, hacia el pasado, que súbitamente parece lejano.
Nos muestra sus piernas, preguntaba por qué: porque está quieto, porque sus piernas están gordas, porque quiere dejar claro que no se va a mover. Así que todo el movimiento que ocurre en esta carta sucede en la región de lo monstruoso, y él lo sabe: muestra sus piernas hinchadas para excusarse mientras mira a un pasado que está fuera del cuadro.
Capellán explicaba que el Tarot se ha ido haciendo más con los errores inconscientes que con las búsquedas fracasadas, que las reconstrucciones por místicos y magos como Etteilla o Aleister Crowley son recortes que dicen más de sus autores que de otra cosa. Para él hay más Tarot en la deriva de los dibujos copiados a mano sin prestar demasiada atención que en las reconstrucciones, mucho más en los descuidos de la consciencia que en los profundos estudios.
Decía de sí mismo que era el Roy.de.Coupe, quizá porque se había entregado a lo monstruoso mediante el alcohol, porque bebía no para olvidar sino para recordar.
Mucho antes de volverse el personaje de la ciudad que llegó a ser recibió, como Gringonneur, el encargo de ilustrar un Tarot, y aunque no llegó a terminarlo las imágenes se instalaron rápido en él. Quienes más tarde empezamos a tratarle en los bares de noche entendimos que era mucho más que la imagen del alcohólico por todos conocida. Algunos sabían su nombre, otros incluso que pintaba (alguna vez si andaba necesitado retrataba a cambio de un vaso lleno a quien se lo pidiera). Algunos tuvimos la suerte (ya sea mala o buena) de conocer sus obsesiones y dejarnos marcar por ellas; hoy, cualquiera de nosotros reconocería a otro de su especie aun con el más mínimo gesto fugaz en una habitación oscura, pues llevamos el Tarot como una capa cubriendo nuestro cuerpo, y en nuestros movimientos la apartamos, la dejamos caer, nos resguardamos o envolvemos al otro. Nosotros leemos el tarot que jamás se dibujó, el de los errores, el tarot de Capellán.