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Guerra

Publicado en General el Noviembre 7, 2009 por todoescierto

Primer movimiento

En las trincheras de mis manos

conquisté una flor.

Cuando el futuro era un lenguaje

de palabras ciegas

que reflejaban voz,

y en cada víbora de leche

mis dientes puro hueso,

y en todos los ojos del mundo

una moneda por mis pensamientos

(puro hueso contra mi voz),

en las trincheras de mi palabra

alguien había en pie gritando

mientras los otros dormían

la borrachera del miedo.

Hasta que de pronto uno habló:

<<Escucha>>

dijo atusándome entre tanto el pelo

<<deberías gritar más,

hasta romper con el grito el cielo

como las tripas de un animal

o un saco con monedas de oro,

hasta que todos despierten…

porque no tendrás entonces tanto valor >>

pero me di la vuelta y volví a dormir.

Segundo movimiento

En las trincheras de mis manos

escondí un pájaro.

Cuando el pasado era un juego,

(los nidos vacíos

que distraían a los turistas),

cuando la nostalgia era mañana

tarde inventos

y la noche hueca,

en las trincheras de mi palabra se abrió el cielo a cuchillo

y cayeron gritos a llenar la noche

a romper la monotonía

a inventar otra nostalgia.

En ese momento preciso otro habló:

<<Prueba ahora el sabor del agua.>> dijo

<<Seguro que nunca antes habías entendido

que en la lágrima

el sabor cambia al paso del tiempo,

mientras el agua

constante

fluye.>>

Lo miré apático

recostado en el barro,

<<gracias>>,

contesté cínico,

y di media vuelta a dormir de nuevo.

Tercer movimiento

Cerré mis puños, los volvía a abrir

justo cuando todo llevaba a lo contrario,

y en medio de la tormenta dije:

<<la calma es solo el centro del huracán,

que es un espacio muy reducido

donde hay que aprender a moverse:

la calma es seguir el huracán hasta su muerte>>

Y resucitando como las púas del erizo,

todos guerreamos conscientes

de que era el baile de la muerte,

donde los amantes se encuentran

y los jóvenes van a buscar novia.

Y en la danza chusca

de los pasos, tiempos, y las posibilidades

atravesó un proyectil las conversaciones

y acertó al centro de mis ojos su mirada.

(<<¡Por fin!>> se escapó el entusiasmo disimulado.)

Epílogo

En las trincheras de mis manos

escondí tan adentro algo

que ya no sé si en verdad ha existido nunca;

pero alguien debe dar música

para que ardan estos estúpidos,

alguien que les diga mientras bailan

que no están solos en el fuego

porque alguien debe hacer guardia

alguien celebrar las balas que no nos matan.

Sangre

Publicado en General el Enero 27, 2009 por todoescierto

En uno de los pliegues de la falda estaba el cuchillo. Después de haberlo estado manoseando inquieta mientras esperaba, lo había olvidado ahí.

Tampoco era nada como lo planeado. Las manos comenzaron a temblar cuando él se sentó a su lado… Así que olvidó qué decir, lo que ocultaba, y el cuchillo quedó de tal modo que cuando se le echó encima queriendo abrazarla el filo se hundió en su estómago.

Los dos cuerpos se quedaron rígidos.

Miró sus manos sin entender de quién era la sangre mientras su mente borraba todo.

luisa flores – zamba por vos

Publicado en General el Noviembre 24, 2008 por todoescierto

Por azar me encontré con esta cieguita varias veces en el tren que va de tigre a retiro. Giuliana también se la cruzó, y describió el encuentro en su relato Tripa Corazón, sobre el que recientemente se hizo la peli de la que habla el post anterior. Giuliana buscó a esta mujer por los trenes hasta que la encontró y le propuso rodar la escena, después, surgió grabar la canción que interpreta en la película dándole a ella todo el protagonismo. Es una mujer hermosa, me alegraba los días cuando puteado en el viaje al trabajo llegaba a mi vagón con sus canciones. Me gusta este vídeo que está entre los extras de la película.

tripa corazón

Publicado en General el Noviembre 22, 2008 por todoescierto

UNA PELÍCULA va a ser extrenada mañana en Buenos Aires. 

Yo aporto este cartel y el cuerpo en un par de escenas.

 

tripa corazón

Y ESTE ES UN TEXTO DE ROLAND BARTHES QUE EL DIRECTOR ELIGIÓ PARA ACOMPAÑAR EL TRAILER AL QUE CONDUCE EL LINK BAJO LA ENTRADA “UNA PELÍCULA” Y QUE TAMBIÉN ESTÁ EN EL CARTEL:

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso; sufro si me telefonean; me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

mujer pájaro

Publicado en General el Octubre 20, 2008 por todoescierto

Mujer pájaro

ojos de halcón bajo los cerros

bajo la estrella de la tarde

y la estrella del amanecer.

 

Viva de vidas que bullendo dentro

salpican sueños,

los sueños de nosotros

los que te miran.

 

Ven a mi lado esta noche mujer.

Mujer de mujeres, libre de mí

acuéstate a mi lado y pídeme

que te haga en la cama

lo que más odias en la vida,

pídeme que sea malo para sanar tus culpas

y que te haga regalos y compre cosas.

Pide una orden, la que tú precisas,

una palabra en el idioma de las fuentes y la arena,

el idioma de los pájaros y las estrellas:

pídela sin pedir.

 

Mujer pájaro, pajarito

saltando de mi mano al cielo

de nuestros cuerpos al mundo

salvando el espacio que nos separa

te haces libre de mi pedir.

 

Labios gruesos, ojos de halcón

animalito

mujer halcón, entre tus pechos

el aire cálido del sol de tarde

ha calentado las sombras.

 

Mujer pájaro, pajarito

saltando de mi mano al cielo,

de nuestros cuerpos al mundo,

salvando el espacio que nos separa,

hay un nido para tu corazón.

la solitaria muerte de un viejo observada de lejos por su mujer

Publicado en General el Septiembre 8, 2008 por todoescierto

Al parecer, cuando Napoleón entró en la trampa pronunció su nombre pensando que en sus labios se honraba y que el sentimiento era mutuo… ¡Moscú! Pero la ciudad se preparaba para el incendio, y los únicos que quedaban en las calles fueron descritos como borrachos que festejaban la venida del infierno. Tolstoy, los describió así. Las riquezas de oriente arderían más tarde, las fuerzas de Napoleón claudicarían, y sin embargo, ninguno de aquellos pobres diablos fue un rebelde; la revuelta rusa, la quema del sueño que se llamará Europa, la causó la tierra.

Kutusov, el general ruso opuesto al francés, descansaba en su tienda a pocos kilómetros de la capital que ardía en el horizonte. Rodeado de las más preclaras mentes militares venidas de todo el continente escuchaba teorías, argumentos, estrategias, recomendaciones consejos y advertencias, y dejaba discutir a unos con otros mientras volvía la vista de esa nostalgia llamada Moscú a otra igual llamada Rusia: a oriente, a oriente, seguir seguir seguir.

La historia ensalza su genio militar hoy, considera el movimiento hacia interior (su retirada) como una estrategia que convertía el continente en trampa. Pero es así que tal “estrategia de tierra quemada” no existió. Para Tolstoy no hubo sino una ineluctable unión del hombre ruso con la tchejov y tolstoiierra; y este pulso, seguir.

Esta huida que él encuentra en el general ruso y que muchos llevan dentro es algo que él mismo cumplió, ya viejo, cuando arrebatado se fugó de su mansión en Iasnia Polaina para terminar muriendo en una estación secundaria de ferrocarril. Huir de la riqueza, volver a la tierra… es una huída en todo caso. O es que quizá allí estaba su sino, fue en su busca, ese hombre de barba larga y aristocrática agonizando en ninguna parte es un ícono prefigurado que él debía encarnar; pero ¿de qué huía Tolstoy (no el ícono, sino el hombre)?

Se dice que fue un anarquista y que este valor para desprenderse de su elevada posición social fue conseguido tras una vida de acumular fuerzas para hacerlo. Pero se dice también, que la chispa que prendió su último aliento fue el deseo de separarse de Sofía Tolstoy, su mujer, con la que mantenía desde siempre un tormentoso amor alimentado por los celos.

En cuanto a ella, el día de la muerte de su marido en una pequeña estación que hoy se llama Lev Tolstoy, se encontraba dentro de un tren parado sin que le fuese permitido asistir a su esposo en la muerte. Le había seguido hasta allí como Napoleón a Kutusov, y ahora, sentía que su destino se consumía sin que lo hubiese alcanzado. Todos los que la acompañaban comprendieron que el viejo debía morir lo más solo posible y no quisieron dejarla bajar.

xxx

Merece mucho la pena leer el fragmento de Chejov sobre Tolstoi transcrito en el blog de donde saqué esta foto: http://danielgascon.blogia.com/2007/030701-chejov-contra-tolstoi.php En un tercer rebote hay un cuento de Raimond Carver que se burla del viejo frente a Chejov: Tres Rosas Amarillas.

El tren de Tigre a Retiro

Publicado en General el Agosto 11, 2008 por todoescierto

Las amortiguaciones de los autobuses resoplan como viejos asmáticos aquí. Las calles llenas de baches los zarandean en la peor marejada de una ciudad europeizante levantada sobre una tierra que se revela; las raíces de los árboles resquebrajan el asfalto, y las fachadas de las casas sufren entre el Atlántico y la Pampa un aire tenaz que se revuelve en contra.

Por ahí caminan multitudes de corbata en el centro, mujeres latinas culonas y exuberantes y bellezas lánguidas como sostenidas por un palo metido en el culo, viejos locos arruinados rugosos como la tierra que pisan, niños de los escondrijos que llevan enormes zapatos de cartón. La rutina es férrea y homogeneiza todo. A esa masa llega gente del interior, de Bolivia o Uruguay también, y se establecen en barrios de la periferia o en el puto centro, o se establecen en las veredas y se establecen. El ritmo es incesante y puro: arrolla con todo.

El trayecto entre la estación de Retiro en Buenos Aires y la de Tigre, más al norte, lo cubre un tren que frecuentan varios vendedores ambulantes. Tienen suerte los que se mueven en él porque de los trenes que salen de aquí es el más cuidado. Ni hablar del que va de Constitución hacia el sur, es seguro que sacan mucho menos dinero los que andan ahí pidiendo y muchísimo menos los que ofrecen actividades artísticas. Es mejor el tren a Tigre. Entre los músicos que lo frecuentan un hombre cubano toca el djembé, canta, y su campo magnético arrasa hasta atrás los vagones levantando el ánimo de cualquier mustio viajero agotado. Dice él mismo que las cosas buenas en el mundo se dan en el tiempo, y es cierto. Toca tres temas y se va al siguiente vagón.

Son las cinco y media. El setenta por ciento de quienes ocupan a esas horas el vagón son trabajadores que regresan al centro, los que consiguen ir sentados cabecean. El resto son estudiantes buscando hueco para abrir los libros. Está muy lleno, pero hay espacio para esto.

El cubano es enorme. Llega de atrás con otro mulato guitarrista más chupado y ocupan el espacio sin butacas que hay entre las puertas laterales; apenas presenta, sonríe, su cara morena se arruga alrededor de la sonrisa hasta la boina blanca que tapa la calva y tan solo pide disculpas por quien pueda molestarse. Cuando comienza a golpear el djembé la guitarra le sigue, y el sonido ocupa el espacio.

Es una sensación que todos comparten, como esa imagen de Luis Armstrong en la que se le ve reír y cantar riendo. Este mulato expulsa un aire dulzón que hace que las cabezas de los que viajan de espaldas se giren para buscarlo; lo ven: es un tipo gastado como la piel de un pergamino.

Canta el Chan Chan de Compay, el de la guitarra los coros. Luego sigue otra habanera sobre un hombre enamorado que no termina de entender si es o no correspondido en el corazón a pesar de sí serlo en la cama. A la tercera canción se disculpa ahora por no poder continuar, y se despide presentando entre bromas al tercer miembro del grupo, la boina, con la que su compañero recorre los asientos recibiendo monedas que puedan darles. Entre tanto una cumbia retumba en el djembé.

Hay más gente que recorre los vagones y uno llega a conocer si viaja a diario.

Tres ciegos: una guitarrista, uno que toca la armónica y un vendedor con sombrero de baquero; también hay un hombre que toca el arpa; hay varios enfermos de sida: una mujer que presenta su tarjeta emitida por sanidad lo demuestra, otra lleva las medicinas, otro más se hace acompañar por su hijo; hay un vendedor de música que con un cd-player hace sonar éxitos latinos de la mañana a la noche por los vagones, siempre es el mismo; y hay al mismo tiempo varios niños que se turnan para ir por los asientos dejando a los pasajeros estampitas infantiles de amor (los niños de las estampitas nunca se repiten, es como si hubiera miles, jamás se repiten).

El viaje llega a durar más de una hora y los pasajeros poco a poco pierden el interés en cualquier cosa. Procuran centrarse en hacer que ese tiempo no sea perdido, algunos estudian, otros completan informes, otros duermen con el hábito tan bien formado que despiertan una parada antes de la suya para unirse despiertos a la marabunta que sale de la estación.

Un día pasan los cubanos y se revoluciona todo. Ya habían pasado antes pero es ese día que varios nos levantamos y les seguimos vagón tras vagón. Cuando llegamos al final no cabemos todos, no parece un viaje, no parece siquiera haber tiempo, porque es eso lo que hace la música, que no mide el tiempo y sin tiempo nos olvidamos de todo los que estamos ahí. Yo cuento más de cinco personas que vienen conmigo desde atrás siguiendo a estos tipos. Llego a mi estación y no me bajo, pero en Retiro se disuelve la ilusión y el mundo está ahí, el ritmo Buenos Aires con el asma de los colectivos y las bocinas de los autos, quebrado como un cristal que no terminara nunca de romper.

No tengo monedas para el colectivo ni billiete chico para conseguir cambio, se lo debí dar todo a los cubanos.

Eterno, ciego, verdadero

Publicado en General el Julio 17, 2008 por todoescierto

En los días de sol, cuando la luz fresca del invierno inunda los cuerpos y no hay sombra, ni dudas, y el calor bajo la piel se siente tibio entre los enamorados, dos ancianos están sentados en un banco que hay entre las ramas bajas de un árbol junto a la iglesia de San Julián. Siempre, en Febrero, cuando va llegando el día de los enamorados aparecen como un reflejo de la luz en el estanque, como el fantasma de una escena que se repetirá eternamente, y cualquiera que esté entonces bajo las ramas del abeto sentirá un cosquilleo en los labios.
Por eso a las parejas les gusta ir ahí.
Pero no el catorce de febrero. Ese día, aunque sus cuerpos se funden con la tierra varios metros por debajo, las sombras de los ancianos suben y desafían al sol abrazadas. Solo ellos pueden estar. Si una pareja llega entonces y distraída no se da cuenta de su presencia y ocupa el lugar será avisada de tres formas distintas, sutiles. Una hoja de roble que cae entre sus cabezas, el vuelo de un pájaro, el movimiento de una oruga verde por el respaldo del banco, si no interpreta esto como señales y abandona el lugar será maldita.
Entonces la oruga seguirá su camino, subirá por el hombro de uno de ellos e irrumpirá en su cerebro a través del oído, y ya dentro, teñirá los pensamientos de negro y nada volverá a ser jamás igual. El pájaro se posará en el hombro del otro y picará en sus ojos tallando figuras que atormentarán sus sueños. Y la hoja, que resbaló por las piernas hasta el suelo, quedará tirada a los pies del cuadro con una inscripción en letras negras, esbeltas y elegantes sobre su envés: <<La imagen del dolor de amor está presente en sus propios adjetivos: eterno, ciego, verdadero>>.

Porno

Publicado en General el Mayo 19, 2008 por todoescierto

En esa época de descubrimiento del propio cuerpo y del de los demás, de los placeres de lo prohibido, de la rotundidad de los primeros orgasmos frente a historias e informaciones contradictorias, en medio de todo están las primeras imágenes.
Encontré tres cintas de vídeo buscando anticipadamente los regalos de navidad en la habitación de mis padres (eran BETA… así que sí, fue hace bastante tiempo). Hacía poco que un amigo de mi padre había cambiado su reproductor por un VHS y habían entrado en mi casa un montón de ellas que le sobraban, la mayoría cosas grabadas de la tele, teleseries, películas que pasaron a ocupar las estanterías del salón. Supuse que esas tres venían del mismo sitio y acerté: una de ellas era un vídeo familiar del señor aquel (pero no se piense mal, un vídeo normal, no porno), las otras dos eran porno.

“La dinastía del placer” y “El imperio de los sentidos” (amigos de todos lados pasaron por mi casa para ver esas cintas). Quien esté enterado quizá sepa que el primer título es la traducción española de una saga clásica de los 80 protagonizada por Dorothy le May y titulada Taboo, yo mismo no sé casi nada del tema pero ya digo que la primera porno no se olvida y por eso tengo cierta información. Por esa misma época la actriz protagonizó una de las mayores bizzarradas de la historia, “Nightmare”, en la que ella le hacía una felación a una caja de cereales humana mientras una rebanada de pan de molde tocaba el saxo. Esta que encontré, por suerte era más normalita: trataba el incesto; y aclaro que ni tengo ningún trauma ahí ni me hago responsable de los daños que haya podido causar entre los asistentes a las sesiones. Lo que sí me perturbó un poco fue la otra “El imperio de los sentidos”.

Con el tiempo me enteré de que era una peli de culto en el cine japonés, muy considerada en Francia, con una lectura muy profunda sobre el recorrido del sexo hacia el sadismo y la posesión con su límite en la muerte. Pero yo entonces sólo veía una mujer que ahorcaba a un hombre que se la metía para que se le pusiera más dura, y – mi escena favorita por hilarante – el mismo hombre que le introducía un huevo, un huevo de gallina, un huevo duro, que le metía un huevo duro de gallina por donde mea y la geisha se enfadaba porque no era capaz a sacarlo (pasé tantas veces esa escena, no creo que ninguna visita no la haya visto, nos reíamos, hasta nos sabíamoslos diálogos de memoria ).
En mis momentos de soledad vi esas dos cintas polvo a polvo una y otra vez. De aquella me gustaba más la de Dorothy le May por ser un porno más tópico, sin excentricidades artísticas y que iba a lo que va el porno. La otra, aunque la vi de seguido y comprendí en ella otra búsqueda tardé un poco más en apreciarla como cine. No obstante, también ésta pidió en algunas escenas una interacción física.

He de reconocer ahora que mi relación con estas cintas dice algo sobre mi paso de la infancia a la adolescencia, lo cierto es que era obsesivo, y así, mi pregunta sobre la tercera película se volvió una pregunta también porno: ¿por qué estaba escondida esa cinta también? ¿qué ocultaba? Empecé a pensar que entre aquellas imágenes debía haber alguna emparentada de algún modo con las de las otras dos películas.

La familia del amigo de mi padre – creo que se entiende que tengo que hablar ahora de ello – estaba formada por él mismo, su mujer, un hijo dos años menor que yo, y una chica como dos años mayor. No se puede decir que ninguno de ellos fuera nada provocador. Posaban para la cámara caminando por una ruta del campo, saliendo del coche, decían cosas que no recuerdo, debían de ser muy obvias, instrucciones sobre dónde colocarse, cómo moverse, sonreír, y quizá quedaran ocultas por el ruido del viento y otros etcéteras Eran gente más o menos cercana a mí, en varias ocasiones mis padres se juntaron con ellos mientras mi hermano y yo jugábamos con el niño, y menos veces, aunque también, con la chica. Tengo que reconocer que también ella excitó mis fantasías adolescentes. Pero no eran ellos, eran esas imágenes en donde estaba la perversión, lo repito: ¿por qué estaba oculta esa cinta con las otras?

Pensé que si estaba con ellas era porque mis padres nunca habían visto las cintas más que por encima. Esa cinta podría haber sido de cualquier otra cosa menos porno, que estuviera en el mismo grupo quería decir que no revisaban con frecuencia el pack y les libraba de caer en aquel vicio que yo estaba descubriendo. Me tranquilizaba creer eso porque repudiaba la idea de mis padres viendo porno. A veces pensaba así, pero otras, hastiado de las ya vistas me empeñaba en encontrar algo ahí, en la chica que corría por el bosque, en la comida familiar… las imágenes saltaban de un escenario a otro, de una época del año a otra, no había orden ni siquiera una acción interesante… hay que explicitarlo de una vez para que se mida bien: buscaba algo porno. Vi esa cinta entera más de una vez.

Y lo encontré. Juro que lo que cuento ahora es cierto, mis amigos lo vieron.
En una ocasión la dejé seguir. Cuando terminaban las imágenes la pantalla quedaba en negro. Creo que yo había salido del salón y cuando volví me fijé en que el negro no era tan negro, parecía haber un destello en torno a un círculo negro, como un eclipse, era muy vago pero ahí estaba. Me di cuenta de que la cámara había estado grabando con la tapa puesta, se la habían dejado encendida. Sí, ahí estaba: era un secreto dentro de otro secreto que yo sólo había encontrado. Subí el volumen al máximo ¿qué decían? La luz se apagaba y se volvía a encender. Era difícil entender, hablaban casi susurrando. Y de pronto, la frase, una de esas frases que lo significan todo: “no ahora no” hablaba ella “no, déjalo, ahora no que tengo jaqueca”. Él insistía, ella rechazaba. Ojalá hubieran echado un polvo, ojalá sí, como en “La dinastía del placer”, que montaran entre todos una orgía. Ojalá, aunque lo cierto es que daba lo mismo: aquello era hallazgo suficiente para imaginar, pervertir, cualquier cosa, las imagenes anteriores se resignificaron no sé de qué manera y desde ese momento la sensación de ser voiyeur fue muy intensa. Ocurrió además que las personas de la pantalla se desvincularon de una forma extraña de las reales.

El Monstruo

Publicado en General el Mayo 3, 2008 por todoescierto

Lo monstruoso es lo que no tiene nombre. Es una región donde al encontrarnos perdidos nuestra imaginación inevitablemente se libera y busca asideros que nos queman siempre las manos. El rey de copas en el tarot de Marsella por ejemplo.

Lo monstruoso es parte de él. Observémoslo: la mano derecha sostiene su atributo apoyándolo sobre la rodilla, y el espacio comprendido entre este signo de familia y su tórax es monstruoso. Es imposible reconocer ahí el brazo que era de esperar, pues su mano, parece más bien salir de la parte inferior de una extensión absurda que llega hasta la boca de la copa, lugar donde tras cambiar de color fluye hacia la orejera de una corona que, además de ser el segundo símbolo fundamental de la carta, es también monstruoso.

Dejemos por ahora pendiente la corona. La copa, firme, definida, contrasta con esa extensión donde los pliegues orgánicos desatan la imaginación en lo indefinido. No es como un campo de nubes donde el juego es plácido. En lo informe y monstruoso una ansiedad enfermiza conduce nuestra imaginación hacia ningún lado, y en este movimiento que es absurdo (es monstruoso a su vez por tanto) la imaginación se dispersa ocupando ese espacio, siendo así mismo monstruosa dentro de nosotros.

¿Desviábamos la vista de esta región, o es que en realidad no teníamos noción de ella?, lo cierto es que ahora no podemos volver a aquella placidez, porque aunque no entendamos sabemos que hay algo ahí que altera al resto, y así, todo sentido estará determinado por ese hueco que decidimos no mirar.

Levantamos la vista y vemos por la ventana una mujer que sostiene un paraguas cerrado apuntando al cielo, pensamos: ahí está Valet.D’Epée. En cualquier lado encontramos reflejos, dormimos y despertamos como una puerta oscilando hacia adentro y afuera por el viento que precede a la calma lluviosa. Ya viene, ya cae, está empezando a llover.

Carlos VI recibió por su locura un mazo de cartas parecido a éste. A causa de achaques de lo que hoy llamamos trastorno bipolar recorría el palacio aullando, hechizado por el dolor de una conciencia monstruosa que no podía escapar de sí misma. En él no encontró la calma. No supo conducir su reinado, sus acuerdos diplomáticos para concluir la guerra con Inglaterra fueron malos, totalmente equivocados, la guerra continuó después de su muerte, la Guerra de los Cien Años.

Nos imaginamos cómo en su entorno se buscaba el modo de apartar al rey de sus funciones para que otro se hiciera cargo, y entendemos que cuando Gringonneur recibió el encargo de construir este juguete debió ser consciente de lo que había que hacer: se trataba de encontrar un espejo para el rey. Es por eso que las cartas reflejan los estamentos del xiv, las diferentes jerarquías de la nobleza, y que en lo que hoy llamamos arcanos mayores (y que en sus láminas no estaban ni diferenciados ni numerados siquiera) hay referencias al universo simbólico de la época que el espíritu enfermo del monarca alteraba.

Seguramente ese no fue el primer mazo de fichas, es fácil que las teorías que ponen su origen en la necesidad de ilustrar la educación de los jóvenes aristócratas tengan casi toda la razón, no obstante, ésta debió de ser una de las primeras veces que se utilizó el juego para comunicarse con otras regiones del alma, quizá la primera vez que alguien reprodujo las cartas con esta intención.

De su autor sabemos muy poco. El nombre de Yacquemin Gringonneur se conoce tan solo por el libro de cuentas en el que figura el cobro que recibió por la entrega de tres juegos que él ilustró. Y ciertamente quizá no merezca tanta importancia este hombre. Si la teoría anterior es acertada entonces que haya pasado de forma muy modesta a la historia tiene más que ver con el empeño por encontrar un misticismo originario para el Tarot que con otra cosa. Reconozcámosle el mérito de haber tenido el valor de querer adentrarse en lo monstruoso del alma de Carlos el Loco, con eso basta; ahora volvamos a las imágenes.

Quien no sepa qué es el Tarot que acuda sin miedo a él: no se puede temer al Tarot, igual que no se puede temer al miedo. Se puede temer a un león por ejemplo, pensar que uno puede ser devorado por él, pero acudir verdaderamente al Tarot es estar ya en él, es entrega. Cuando Capellán hablaba en las plazas de la ciudad de Gijón del Tarot, y decía esas palabras sobre el miedo debemos entender que lo hacía como un exorcismo: reconciliémonos con el monstruo. Capellán era el rey de copas.

Si observamos el gesto del rey, descubriremos que en él tampoco hay nada estático. Si en la región de lo monstruoso el estatismo era solo la apariencia producida por un movimiento sin sentido, ahora, aunque la mirada del personaje parezca distraída de la escena que está representando, al mismo tiempo su mano izquierda retira los pliegues del faldón para mostrarnos algo. No está quieto por tanto, sino a la espera. Su actitud se dirige a quien está fuera, a nosotros. Pero ¿qué muestra?

Vemos que sus piernas realizan un baile tonto. Está sentado, pero el suelo que pisa se aboca hacia un punto de fuga que es camino recorrido. El rey está sentado y mira hacia allí, hacia el pasado, que súbitamente parece lejano.

Nos muestra sus piernas, preguntaba por qué: porque está quieto, porque sus piernas están gordas, porque quiere dejar claro que no se va a mover. Así que todo el movimiento que ocurre en esta carta sucede en la región de lo monstruoso, y él lo sabe: muestra sus piernas hinchadas para excusarse mientras mira a un pasado que está fuera del cuadro.

Capellán explicaba que el Tarot se ha ido haciendo más con los errores inconscientes que con las búsquedas fracasadas, que las reconstrucciones por místicos y magos como Etteilla o Aleister Crowley son recortes que dicen más de sus autores que de otra cosa. Para él hay más Tarot en la deriva de los dibujos copiados a mano sin prestar demasiada atención que en las reconstrucciones, mucho más en los descuidos de la consciencia que en los profundos estudios.

Decía de sí mismo que era el Roy.de.Coupe, quizá porque se había entregado a lo monstruoso mediante el alcohol, porque bebía no para olvidar sino para recordar.

Mucho antes de volverse el personaje de la ciudad que llegó a ser recibió, como Gringonneur, el encargo de ilustrar un Tarot, y aunque no llegó a terminarlo las imágenes se instalaron rápido en él. Quienes más tarde empezamos a tratarle en los bares de noche entendimos que era mucho más que la imagen del alcohólico por todos conocida. Algunos sabían su nombre, otros incluso que pintaba (alguna vez si andaba necesitado retrataba a cambio de un vaso lleno a quien se lo pidiera). Algunos tuvimos la suerte (ya sea mala o buena) de conocer sus obsesiones y dejarnos marcar por ellas; hoy, cualquiera de nosotros reconocería a otro de su especie aun con el más mínimo gesto fugaz en una habitación oscura, pues llevamos el Tarot como una capa cubriendo nuestro cuerpo, y en nuestros movimientos la apartamos, la dejamos caer, nos resguardamos o envolvemos al otro. Nosotros leemos el tarot que jamás se dibujó, el de los errores, el tarot de Capellán.