El tren de Tigre a Retiro
Las amortiguaciones de los autobuses resoplan como viejos asmáticos aquí. Las calles llenas de baches los zarandean en la peor marejada de una ciudad europeizante levantada sobre una tierra que se revela; las raíces de los árboles resquebrajan el asfalto, y las fachadas de las casas sufren entre el Atlántico y la Pampa un aire tenaz que se revuelve en contra.
Por ahí caminan multitudes de corbata en el centro, mujeres latinas culonas y exuberantes y bellezas lánguidas como sostenidas por un palo metido en el culo, viejos locos arruinados rugosos como la tierra que pisan, niños de los escondrijos que llevan enormes zapatos de cartón. La rutina es férrea y homogeneiza todo. A esa masa llega gente del interior, de Bolivia o Uruguay también, y se establecen en barrios de la periferia o en el puto centro, o se establecen en las veredas y se establecen. El ritmo es incesante y puro: arrolla con todo.
El trayecto entre la estación de Retiro en Buenos Aires y la de Tigre, más al norte, lo cubre un tren que frecuentan varios vendedores ambulantes. Tienen suerte los que se mueven en él porque de los trenes que salen de aquí es el más cuidado. Ni hablar del que va de Constitución hacia el sur, es seguro que sacan mucho menos dinero los que andan ahí pidiendo y muchísimo menos los que ofrecen actividades artísticas. Es mejor el tren a Tigre. Entre los músicos que lo frecuentan un hombre cubano toca el djembé, canta, y su campo magnético arrasa hasta atrás los vagones levantando el ánimo de cualquier mustio viajero agotado. Dice él mismo que las cosas buenas en el mundo se dan en el tiempo, y es cierto. Toca tres temas y se va al siguiente vagón.
Son las cinco y media. El setenta por ciento de quienes ocupan a esas horas el vagón son trabajadores que regresan al centro, los que consiguen ir sentados cabecean. El resto son estudiantes buscando hueco para abrir los libros. Está muy lleno, pero hay espacio para esto.
El cubano es enorme. Llega de atrás con otro mulato guitarrista más chupado y ocupan el espacio sin butacas que hay entre las puertas laterales; apenas presenta, sonríe, su cara morena se arruga alrededor de la sonrisa hasta la boina blanca que tapa la calva y tan solo pide disculpas por quien pueda molestarse. Cuando comienza a golpear el djembé la guitarra le sigue, y el sonido ocupa el espacio.
Es una sensación que todos comparten, como esa imagen de Luis Armstrong en la que se le ve reír y cantar riendo. Este mulato expulsa un aire dulzón que hace que las cabezas de los que viajan de espaldas se giren para buscarlo; lo ven: es un tipo gastado como la piel de un pergamino.
Canta el Chan Chan de Compay, el de la guitarra los coros. Luego sigue otra habanera sobre un hombre enamorado que no termina de entender si es o no correspondido en el corazón a pesar de sí serlo en la cama. A la tercera canción se disculpa ahora por no poder continuar, y se despide presentando entre bromas al tercer miembro del grupo, la boina, con la que su compañero recorre los asientos recibiendo monedas que puedan darles. Entre tanto una cumbia retumba en el djembé.
Hay más gente que recorre los vagones y uno llega a conocer si viaja a diario.
Tres ciegos: una guitarrista, uno que toca la armónica y un vendedor con sombrero de baquero; también hay un hombre que toca el arpa; hay varios enfermos de sida: una mujer que presenta su tarjeta emitida por sanidad lo demuestra, otra lleva las medicinas, otro más se hace acompañar por su hijo; hay un vendedor de música que con un cd-player hace sonar éxitos latinos de la mañana a la noche por los vagones, siempre es el mismo; y hay al mismo tiempo varios niños que se turnan para ir por los asientos dejando a los pasajeros estampitas infantiles de amor (los niños de las estampitas nunca se repiten, es como si hubiera miles, jamás se repiten).
El viaje llega a durar más de una hora y los pasajeros poco a poco pierden el interés en cualquier cosa. Procuran centrarse en hacer que ese tiempo no sea perdido, algunos estudian, otros completan informes, otros duermen con el hábito tan bien formado que despiertan una parada antes de la suya para unirse despiertos a la marabunta que sale de la estación.
Un día pasan los cubanos y se revoluciona todo. Ya habían pasado antes pero es ese día que varios nos levantamos y les seguimos vagón tras vagón. Cuando llegamos al final no cabemos todos, no parece un viaje, no parece siquiera haber tiempo, porque es eso lo que hace la música, que no mide el tiempo y sin tiempo nos olvidamos de todo los que estamos ahí. Yo cuento más de cinco personas que vienen conmigo desde atrás siguiendo a estos tipos. Llego a mi estación y no me bajo, pero en Retiro se disuelve la ilusión y el mundo está ahí, el ritmo Buenos Aires con el asma de los colectivos y las bocinas de los autos, quebrado como un cristal que no terminara nunca de romper.
No tengo monedas para el colectivo ni billiete chico para conseguir cambio, se lo debí dar todo a los cubanos.