Primer movimiento
En las trincheras de mis manos
conquisté una flor.
Cuando el futuro era un lenguaje
de palabras ciegas
que reflejaban voz,
y en cada víbora de leche
mis dientes puro hueso,
y en todos los ojos del mundo
una moneda por mis pensamientos
(puro hueso contra mi voz),
en las trincheras de mi palabra
alguien había en pie gritando
mientras los otros dormían
la borrachera del miedo.
Hasta que de pronto uno habló:
<<Escucha>>
dijo atusándome entre tanto el pelo
<<deberías gritar más,
hasta romper con el grito el cielo
como las tripas de un animal
o un saco con monedas de oro,
hasta que todos despierten…
porque no tendrás entonces tanto valor >>
pero me di la vuelta y volví a dormir.
Segundo movimiento
En las trincheras de mis manos
escondí un pájaro.
Cuando el pasado era un juego,
(los nidos vacíos
que distraían a los turistas),
cuando la nostalgia era mañana
tarde inventos
y la noche hueca,
en las trincheras de mi palabra se abrió el cielo a cuchillo
y cayeron gritos a llenar la noche
a romper la monotonía
a inventar otra nostalgia.
En ese momento preciso otro habló:
<<Prueba ahora el sabor del agua.>> dijo
<<Seguro que nunca antes habías entendido
que en la lágrima
el sabor cambia al paso del tiempo,
mientras el agua
constante
fluye.>>
Lo miré apático
recostado en el barro,
<<gracias>>,
contesté cínico,
y di media vuelta a dormir de nuevo.
Tercer movimiento
Cerré mis puños, los volvía a abrir
justo cuando todo llevaba a lo contrario,
y en medio de la tormenta dije:
<<la calma es solo el centro del huracán,
que es un espacio muy reducido
donde hay que aprender a moverse:
la calma es seguir el huracán hasta su muerte>>
Y resucitando como las púas del erizo,
todos guerreamos conscientes
de que era el baile de la muerte,
donde los amantes se encuentran
y los jóvenes van a buscar novia.
Y en la danza chusca
de los pasos, tiempos, y las posibilidades
atravesó un proyectil las conversaciones
y acertó al centro de mis ojos su mirada.
(<<¡Por fin!>> se escapó el entusiasmo disimulado.)
Epílogo
En las trincheras de mis manos
escondí tan adentro algo
que ya no sé si en verdad ha existido nunca;
pero alguien debe dar música
para que ardan estos estúpidos,
alguien que les diga mientras bailan
que no están solos en el fuego
porque alguien debe hacer guardia
alguien celebrar las balas que no nos matan.
